viernes, 10 de mayo de 2013

La Familia Feliz.


José Feliz llevaba una vida sin vicios, una vida muy estable, tenía sus creencias religiosas muy marcadas, un trabajo básico que le pagaba bien pero en el que no podía ascender a más. Él tenía una esposa de su misma edad, un hijo saludable de 10 años, el cual practicaba un deporte y hacia una travesura tonta de vez en cuando, una hija muy bonita y agradable de 17 años con muy buenas calificaciones.

José feliz se levantaba todos los días a en la mañana, tomaba café, desayunaba y se iba a trabajar; los viernes trabajaba  medio turno y en la tarde jugaba con su hijo, si este no hacia una de sus aventuras de meterse en el patio de la vecina a buscar las pelotas de béisbol.

José feliz siempre tenía una sonrisa bien puesta, decían que hacía mucho honor a su apellido. La familia feliz era la más querida del vecindario Praderas Rojas: La familia con los mejores hijos, las mejores reuniones de sábados por la noche donde siempre iban las mismas personas, el mejor pasto, el más verde y las flores más coloridas.

Una vida muy cotidiana y controlada, tan metida en la rutina que parecía ser perfecta, todo era una sonrisa, sin peleas y siempre planeado lo que se va hacer y cómo se va hacer.

Repitiendo lo mismo cada día a la perfección por el resto de su vida, sin derecho a cambio, sin derecho a molestarse, sin derecho a gritar, sin derecho a llorar, sin derecho a equivocarse, sin derecho a dejar de sonreír, sin derecho a la infidelidad, sin derecho al abandono propio, sin derecho a ningún tipo de vicio, sin derecho a suicido o muerte accidental frente a dicha condena.

El irónico sufrimiento de vivir tan perfectamente “bien”, condenado a la cotidianidad, al sueño social de la época de cuando él era niño, condenado al peor de los infiernos, al más inhumano: Condenado a  ser el señor “Feliz” el hombre de “la familia feliz”.

José estaba harto de esto, quería morir, quería llorar, no quería seguir sonriendo si no quería, no quería seguir cogiéndose a su esposa solo en el día de su aniversario o cuando su hija se quedaba en la casa de la vecina.

Quería cogerse a todas las mujeres del vecindario y que lo botaran de su casa, faltar al trabajo, orinar su precioso pasto verde frente a su casa que es igual a las demás, gritar, escupir he insultar a todos los que vivían ahí. Eso quería.

Estaba loco por ser humano, estaba loco por equivocarse, estaba loco por embriagarse, por un cigarro, por algo improvisado.

Pero no podía, esa era su condena, no podía escapar. Porque cada vez que intentaba hacer algo que se saliera de esa espantosa ruta, en otras palabras: hacer algo de humanos, veía todo negro y se encontraba otra vez empezando el día, así sucesivamente hasta que cumpliera a la perfección la cotidianidad de su vida.

Pero esto es lo que eligió este hombre cuando le propusieron la silla eléctrica después de ser hallado culpable por violación de una menor, decidió saltar del 4to piso del tribunal para quedar en coma y afrontar este espantoso he inhumano sueño.

Solo puedo decir que, aparte de que su condena me parece justa, me parece que:

Llevar una vida cotidiana, estable y fuera de toda improvisación, es el peor de los suicidios.

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