José
Feliz llevaba una vida sin vicios, una vida muy estable, tenía sus creencias
religiosas muy marcadas, un trabajo básico que le pagaba bien pero en el que no
podía ascender a más. Él tenía una esposa de su misma edad, un hijo saludable
de 10 años, el cual practicaba un deporte y hacia una travesura tonta de vez en
cuando, una hija muy bonita y agradable de 17 años con muy buenas
calificaciones.
José
feliz se levantaba todos los días a en la mañana, tomaba café, desayunaba y se
iba a trabajar; los viernes trabajaba
medio turno y en la tarde jugaba con su hijo, si este no hacia una de
sus aventuras de meterse en el patio de la vecina a buscar las pelotas de béisbol.
José
feliz siempre tenía una sonrisa bien puesta, decían que hacía mucho honor a su
apellido. La familia feliz era la más querida del vecindario Praderas Rojas: La
familia con los mejores hijos, las mejores reuniones de sábados por la noche
donde siempre iban las mismas personas, el mejor pasto, el más verde y las
flores más coloridas.
Una
vida muy cotidiana y controlada, tan metida en la rutina que parecía ser
perfecta, todo era una sonrisa, sin peleas y siempre planeado lo que se va
hacer y cómo se va hacer.
Repitiendo
lo mismo cada día a la perfección por el resto de su vida, sin derecho a
cambio, sin derecho a molestarse, sin derecho a gritar, sin derecho a llorar,
sin derecho a equivocarse, sin derecho a dejar de sonreír, sin derecho a la infidelidad,
sin derecho al abandono propio, sin derecho a ningún tipo de vicio, sin derecho
a suicido o muerte accidental frente a dicha condena.
El irónico
sufrimiento de vivir tan perfectamente “bien”, condenado a la cotidianidad, al
sueño social de la época de cuando él era niño, condenado al peor de los
infiernos, al más inhumano: Condenado a
ser el señor “Feliz” el hombre de “la familia feliz”.
José
estaba harto de esto, quería morir, quería llorar, no quería seguir sonriendo
si no quería, no quería seguir cogiéndose a su esposa solo en el día de su
aniversario o cuando su hija se quedaba en la casa de la vecina.
Quería
cogerse a todas las mujeres del vecindario y que lo botaran de su casa, faltar
al trabajo, orinar su precioso pasto verde frente a su casa que es igual a las demás,
gritar, escupir he insultar a todos los que vivían ahí. Eso quería.
Estaba
loco por ser humano, estaba loco por equivocarse, estaba loco por embriagarse,
por un cigarro, por algo improvisado.
Pero
no podía, esa era su condena, no podía escapar. Porque cada vez que intentaba
hacer algo que se saliera de esa espantosa ruta, en otras palabras: hacer algo
de humanos, veía todo negro y se encontraba otra vez empezando el día, así sucesivamente
hasta que cumpliera a la perfección la cotidianidad de su vida.
Pero esto es lo
que eligió este hombre cuando le propusieron la silla eléctrica después de ser hallado
culpable por violación de una menor, decidió saltar del 4to piso del tribunal para
quedar en coma y afrontar este espantoso he inhumano sueño.
Solo puedo decir
que, aparte de que su condena me parece justa, me parece que:
Llevar una vida
cotidiana, estable y fuera de toda improvisación, es el peor de los suicidios.